miércoles, 1 de junio de 2016

Aquella noche de verano pudo haber sido como cualquier otra.
Hasta que te conocí.

Anhelo e intento con todas mis fuerzas seguir adelante, soltarte y dejarte atrás. Pero lo único que logro día a día es morir por estar entre tus brazos. Es que te extraño tanto que ya no es un deseo, es una necesidad volver a tenerte, volver a sentirte.

Sobrevivo cada madrugada esperando una señal que no llegará, imaginando esa despedida que nos faltó. Pensando mil preguntas que me quedaron por hacerte y rondarán de por vida en mi mente, preguntas que nunca tendrán respuesta.

Vuelvo una y otra vez a sentir esa sensación de vacío. Esa sensación de haber perdido algo que estaba muy dentro mío, algo que había esperado hace tiempo. 

Meses y meses intentando algo que jamás alcanzaré. Y de repente una invasión de sentimientos que vienen hacia mí, acompañados de la irrupción de una especie de tristeza que se vuelve imposible de controlar. Y ahí están una vez más: los recuerdos, que no se borran. 

Solo agradezco haberte conocido porque me enseñaste muchas cosas que no había vivido. Lo agradezco porque hace mucho tiempo nadie me hacia sentir tan viva, tan real. 

Y es que ya es inútil mentir. Si aún sueño con esas palabras que nunca te escucharé pronunciar, con ese abrazo que siento muy dentro mío pero nunca llegará.

Lo más triste, es que aún tengo esperanzas de que algún día abras los ojos. Y por fin me veas, al final del camino: queriéndote, esperándote.

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