miércoles, 1 de junio de 2016

Aquella noche de verano pudo haber sido como cualquier otra.
Hasta que te conocí.

Anhelo e intento con todas mis fuerzas seguir adelante, soltarte y dejarte atrás. Pero lo único que logro día a día es morir por estar entre tus brazos. Es que te extraño tanto que ya no es un deseo, es una necesidad volver a tenerte, volver a sentirte.

Sobrevivo cada madrugada esperando una señal que no llegará, imaginando esa despedida que nos faltó. Pensando mil preguntas que me quedaron por hacerte y rondarán de por vida en mi mente, preguntas que nunca tendrán respuesta.

Vuelvo una y otra vez a sentir esa sensación de vacío. Esa sensación de haber perdido algo que estaba muy dentro mío, algo que había esperado hace tiempo. 

Meses y meses intentando algo que jamás alcanzaré. Y de repente una invasión de sentimientos que vienen hacia mí, acompañados de la irrupción de una especie de tristeza que se vuelve imposible de controlar. Y ahí están una vez más: los recuerdos, que no se borran. 

Solo agradezco haberte conocido porque me enseñaste muchas cosas que no había vivido. Lo agradezco porque hace mucho tiempo nadie me hacia sentir tan viva, tan real. 

Y es que ya es inútil mentir. Si aún sueño con esas palabras que nunca te escucharé pronunciar, con ese abrazo que siento muy dentro mío pero nunca llegará.

Lo más triste, es que aún tengo esperanzas de que algún día abras los ojos. Y por fin me veas, al final del camino: queriéndote, esperándote.

sábado, 11 de abril de 2015

Amor obsesivo.

Amor obsesivo. Aquel tipo de amor que no le deseo ni a mi peor enemigo, aquel amor como el que viví hace algunos años atrás...

Me costó mucho tiempo y esfuerzo poder superarlo. Antes no lo hubiese contado por el temor a que lo lea, por el miedo a perderlo para siempre.

Él alimentaba mi obsesión día a día y lo sabía, comprendía que no era sano, aunque su conciencia discernía que lo amaba más que a mi propia vida, más que a cualquier ser. Conocía a la perfección cada detalle de mí -incluso aquellos que no salían a la luz, mis lados oscuros- y eso era un arma mortal, la cual utilizó. Sabía como destruirme y no dudó en intentarlo. 

Ante cualquier situación, lo único que necesitaba para sentirme mejor era su ayuda. Una simple mirada lograba salvarme de un gran sufrimiento, mágicamente la tristeza desaparecía. Desaparecía de la misma manera que lo hizo él, una y otra vez, sin brindarme ninguna explicación.

Me ilusionaba, jugábamos a ser felices por un rato y luego se olvidaba de mi existencia -aprendí a acostumbrarme a ese dolor, dolor que cada vez era más profundo-.


Meses llorando, aferrada a la almohada sin saber qué hacer con mi vida. Meses que disfrutaba aunque sea observarlo caminar, desde lejos. La obsesión crecía y aunque suene extraño, le fascinaba mi locura por él. Disfrutaba mi angustia, lo entusiasmaba saber que alguien había llegado a venerar cada parte de su persona. Jamás comprenderé sus razones. 

Poco a poco me recuperé, regresé a la vida. Viéndolo desde otro punto de vista llegué a la conclusión de que quizás él estaba más enfermo que yo. Tal vez eramos dos obsesionados, el uno con el otro.

 Jamás volveré a ser la misma, jamás volveré a tener mi inocencia ni aquel amor puro que conservaba a los 14 años. Siempre sostengo que no debemos arrepentirnos de nuestras acciones, pero no puedo negar un sentimiento que ronda varias veces por mi cabeza: el deseo de que aquel primer amor, hubiese sido otra persona. 

Ya no forma parte de mi vida. Si me quedaba un poco amor, actualmente no está. Sé que hay amores por los que vale la pena luchar, en esta ocasión no supe reconocer el límite. 

Y aunque los años pasaron y las heridas dejaron huellas imborrables, todavía mantengo mis ilusiones. La esperanza de volver a ser esa nena valiente que daba todo por amor sigue intacta. La nena que jugaba todas sus fichas a cambio de nada.